La cadena de valor de nuestro combustible de origen 100 % renovable
Innovación e industria
Para repostar combustibles de origen 100 % renovable solo hay que realizar el sencillo gesto que se muestra en la imagen. Sin embargo, detrás de este gesto cotidiano existe una cadena de valor que integra inversión, innovación, diseño, trazabilidad de las materias primas empleadas, procesos avanzados de transformación y producción, y una red de distribución que lo hace posible.
Los combustibles renovables constituyen una solución fundamental para avanzar en la descarbonización de todos los modos de transporte (aviación, carretera y marítimo) y de la industria, dos sectores que concentran una parte significativa de las emisiones de gases de efecto invernadero y que requieren alternativas tecnológicas viables y accesibles a corto y medio plazo.
Estos combustibles tienen un rendimiento, unas propiedades y unos usos equivalentes a los de los combustibles convencionales. No obstante, a diferencia de los anteriores, se producen a partir de residuos y materias primas orgánicas que, mediante procesos avanzados de conversión, se transforman en gasóleos, gasolinas, propano o queroseno renovable, entre otros productos.
Entre sus principales ventajas destaca su capacidad para reducir hasta un 90 % las emisiones de CO2 en comparación con los combustibles de origen mineral a los que sustituyen. Además, generan un impacto inmediato al ser compatibles con los motores e infraestructuras existentes sin necesidad de modificaciones.
Pero detrás de toda esta ‘magia’ hay mucha inversión, investigación, procesos de transformación en complejos industriales, nuevas metodologías, capacitación… Una completa cadena de valor de los combustibles renovables en la que estamos muy presentes.
Una decisión de compañía que activa un gran engranaje industrial
El primer elemento es una decisión de compañía: ser la primera compañía del sector en anunciar el compromiso cero emisiones netas en 2050 transformando nuestro negocio, operaciones y complejos industriales para lograrlo.
Una apuesta paso estratégica que nos impulsa a innovar en la búsqueda de todas las soluciones y tecnologías que nos ayuden a alcanzar este objetivo, incorporándolas de la forma más eficiente y competitiva posible a nuestros procesos, combinando distintas opciones como la eficiencia energética, la electrificación, la captura de CO2 y los combustibles renovables.
Y aplicando esta misma lógica al transporte como el principal destino de nuestros productos, resulta clave considerar el conjunto de tecnologías disponibles para avanzar en la reducción de emisiones de CO2. Especialmente si se tiene en cuenta que el parque automovilístico actual está formado mayoritariamente por vehículos con motores de combustión —el 97% en España y Europa—, que además siguen representando el 87% de las ventas en nuestro país en lo que va de año, utilizar combustibles renovables es una ruta inmediata y eficiente para reducir sus emisiones
Con este objetivo nacen los combustibles renovables, que tiene como elemento inicial a las materias primas de origen renovable.
Materias primas de origen renovable, el inicio de la cadena de nuestros combustibles
Y llegamos al punto de partida en la cadena de valor de los combustibles renovables: materias primas de origen renovable que pueden convertirse en nuevas moléculas energéticas. Ahí se sitúan, por ejemplo, aceites de cocina usados y otros elementos de origen orgánico con los que fabricar combustibles compatibles con los motores actuales.
Cuando un combustible se produce a partir de estas materias primas de origen renovable, el balance de emisiones no se entiende mirando solo la combustión en el tubo de escape, sino el ciclo completo.
A esta realidad se suma otra idea clave para entender la cadena de valor. Las materias primas requieren logística, alianzas, trazabilidad y, en muchos casos, capacidad de adaptación, para integrar nuevos elementos en procesos industriales complejos.
Desde Repsol facilitamos la recogida de aceite de cocina usado en nuestras estaciones de servicio, con incentivos económicos cuando un usuario nos entrega este valioso recurso.
Y en todo este proceso se fomenta la economía circular. Desde Repsol facilitamos la recogida de aceite de cocina usado en nuestras estaciones de servicio, con incentivos económicos cuando un usuario nos entrega este valioso recurso. Una forma de conectar una decisión industrial con un hábito ciudadano y de ampliar la disponibilidad de materia prima para producir combustibles renovables en España fomentando la economía circular.
Además de esa recogida en nuestra red de estaciones, también se hace necesario asegurar el acceso a materias primas mediante alianzas industriales que faciliten volumen, continuidad y proximidad a los complejos.
Es el caso de nuestra alianza con Acteco, con Bunge o con Genia Bioenergy.
Las materias primas no sólo nos permiten reducir la huella de carbono de nuestros productos, y fomentar la economía circular sino también mejorar la autonomía estratégica. Gracias a estas materias primas diversificaciones nuestras fuentes de energía incluyendo una parte relevante de la materia prima y del proceso de gestionad en nuestro país, reduciendo exposición y reforzando el tejido industrial local.
Investigación e innovación antes de implementarlo en nuestros complejos industriales
La siguiente estación en la cadena de valor de los combustibles renovables es la innovación.
No hablamos de una actividad abstracta. Hablamos de instalaciones, personas y pruebas reales que permiten hacer realidad los proyectos en nuestras instalaciones industriales
Hay que transformar esa materia prima asegurando rendimiento y escalabilidad. Aquí entra el Repsol Technology Lab, nuestro centro de investigación, donde desarrollamos tecnología y validamos soluciones antes de llevarlas a escala industrial. No hablamos de una actividad abstracta. Hablamos de instalaciones, personas y pruebas reales que permiten hacer realidad los proyectos en nuestras instalaciones industriales.
El propio Technology Lab cuenta con un entorno diseñado para replicar condiciones industriales antes de dar el salto a planta, a través de plantas piloto que reproducen procesos industriales reales y permiten ajustar variables, mejorar rendimientos y reducir incertidumbre técnica.
Esta es una parte esencial de la cadena de valor, porque reduce riesgo, acelera aprendizaje y mejora el diseño industrial final. Son muchas las cuestiones técnicas y operativas a tener en cuenta:
En este punto, la certificación no es un detalle. Es una condición de escala. Los combustibles renovables requieren esquemas de verificación y trazabilidad robustos, y esto forma parte del trabajo industrial y técnico que sostiene toda la cadena.
Los biocombustibles de nuestra primera planta de producción a gran escala de combustibles de origen 100% renovable de Cartagena están certificados bajo el Esquema Voluntario de Sostenibilidad ISCC-EU y el Sistema Nacional de Verificación de la Sostenibilidad de España, asegurando la trazabilidad y la producción conforme a los estándares de la Directiva de Energías Renovables (RED).
La innovación sucede porque hay equipos que prueban, iteran y adaptan. Y porque esos aprendizajes, se traducen después en decisiones de diseño industrial.
Todo ello sin olvidar la dimensión humana. La innovación sucede porque hay equipos que prueban, iteran y adaptan. Y porque esos aprendizajes, se traducen después en decisiones de diseño industrial. La cadena de valor no se sostiene solo con activos. Se sostiene con conocimiento y con personas capaces de convertirlo en operativas reales. El conocimiento y experiencia de nuestro equipo en los combustibles tradicionales, nos pone en una posición muy favorable para desarrollar los combustibles renovables.
Una muestra de este talento y conocimiento es que desde 2011 hemos trabajado en el coprocesamiento de materias primas de origen renovable en nuestros complejos industriales, combinando capacidades de I+D, experiencia operativa y el aprovechamiento de los activos existentes. Gracias a este esfuerzo sostenido, en 2021 Repsol fue pionera en la producción de los primeros lotes de combustible renovable de aviación (SAF) en la península ibérica, marcando un hito para la industria nacional.
Transformación industrial, inversión y empleo
La próxima estación de la cadena de valor de los combustibles renovables tiene lugar en nuestros propios complejos industriales.
Aquí es donde la innovación se materializa. Donde un desarrollo tecnológico se convierte en producto disponible, con volumen, continuidad y calidad.
En la península ibérica contamos con seis complejos industriales: cinco en España —A Coruña, Bilbao, Tarragona, Cartagena y Puertollano— y uno en Portugal, ubicado en Sines, capaces de suministrar energía y materias primas esenciales para la economía y la industria de los materiales. Un sólido tejido industrial que representa un activo estratégico para ambos países.
En lo que a combustibles renovables se refiere, empezamos poniendo los ojos en el Complejo de Cartagena, donde su producción es ya una realidad industrial. Allí, contamos con una planta dedicada a producir diésel renovable y combustible sostenible para aviación (SAF), con capacidad para producir 250.000 toneladas al año de combustibles origen 100% renovables, cuyo uso permite reducir 900.000 toneladas de CO2 al año. Un cálculo estimado a partir de una reducción prevista con este tipo de combustibles de entre un 80 y un 90% de las emisiones netas de CO2, si lo comparamos con el combustible de origen mineral al que sustituye.
No nos quedamos aquí. Seguimos avanzando. Actualmente, contamos con una segunda planta en ejecución en el Complejo Industrial de Puertollano, que constituye la segunda fase de esta estrategia industrial. Mediante una inversión de más de 130 millones de euros, estamos transformando una antigua unidad de desulfuración de gasóleo en una planta capaz de procesar residuos y otras materias primas orgánicas, lo que demuestra la capacidad de reconvertir activos existentes en infraestructuras industriales sostenibles. La planta, que entrará en funcionamiento este año, producirá más de 200.000 toneladas de combustibles renovables y evitará la emisión de 700.000 toneladas de CO2 al año.
Toda esta transformación industrial no puede tener lugar sin inversión, sin viabilidad a largo plazo y sin equipos capaces de ejecutar proyectos complejos con seguridad.
Transformar un complejo industrial es rediseñar procesos, adaptar unidades, asegurar compatibilidad de materias primas, garantizar logística interna, reforzar sistemas de control, formar a equipos y mantener estándares de seguridad y calidad.
Una inversión que, a su vez, es una palanca de empleo y actividad económica. Se generan puestos de trabajo directos, indirectos e inducidos, y se impulsan cadenas de valor locales.
Por eso, cuando hablamos de combustibles renovables, no hablamos solo de una energía válida para la movilidad, que sin duda lo es. Hablamos también de reindustrialización competitiva. Hablamos de inversión que se queda en territorio, de proveedores, de ingeniería, de operaciones, de mantenimiento y de conocimiento.
Una prueba de que la transición energética puede ser una oportunidad industrial. Puede crear nuevas cadenas de valor y transformar las existentes.
En paralelo, seguimos avanzando en otras palancas tecnológicas que refuerzan el ecosistema industrial que rodea a los combustibles renovables. Por ejemplo, los combustibles sintéticos o e-fuels, a partir de hidrógeno renovable y CO2 capturado, con la planta demo en Bilbao como paso de validación tecnológica.
O el desarrollo del hidrógeno renovable, con proyectos de electrólisis en distintos polos industriales, que son clave para escalar tecnologías futuras y también para reducir las emisiones de carbono en procesos industriales propios a la fabricación de efuels o combustibles sintéticos.
Avances que suman autonomía estratégica, al contar con los activos, la tecnología y el talento humano.
Se trata de reducir la dependencia externa en sectores críticos. De proteger la competitividad industrial. Y de garantizar progreso económico y bienestar, porque el empleo industrial es un empleo de calidad con mejores condiciones laborales y salarios más elevados.
Logística y despliegue, cuando el producto llega al surtidor y se convierte en solución real
El valor del combustible de origen 100 % renovable adquiere su verdadera magnitud cuando llega al cliente final con seguridad, continuidad y gran despliegue.
En la península ibérica ya suministramos Diésel Nexa origen 100 % renovable en 1.500 estaciones, constituyendo la red más extensa de la Unión Europea. Un despliegue que nos permite convertir una capacidad industrial en una solución real. Y lo hace sin exigir al cliente un cambio de hábitos, ni mucho menos de vehículo.
En octubre de 2025, hemos ampliado la oferta de combustibles renovables, al sumar a la gama Nexa, la Gasolina Nexa 95 de origen 100% renovable, que ya está disponible en 30 estaciones de servicio, en ciudades como Tarragona, Valencia, Zaragoza y Bilbao. Demostrando que la descarbonización del transporte mediante combustibles líquidos renovables es viable en los motores de combustión, ya sean de gasolina, diésel o híbridos.
Este punto es más importante de lo que parece. Muchas soluciones fallan no por la tecnología, sino por el despliegue. Por no llegar. Por no estar disponibles donde se necesitan. En transporte profesional, por ejemplo, la capilaridad no es un ‘extra’. Es una condición de uso.
Por eso, cuando hablamos de combustibles renovables, la cadena no termina en la industria. Termina en la estación de servicio y en el surtidor. Termina cuando un transportista, una empresa o un cliente particular puede repostar con normalidad, con seguridad y con confianza.
Y aquí se ve de nuevo la conexión entre decisiones industriales y vida cotidiana. Un ciudadano entrega aceite de cocina usado en una estación y recibe un incentivo.
Ese gesto alimenta una cadena que pasa por innovación, por industria y por logística, y vuelve al ciudadano en forma de un combustible disponible en red. Un ejemplo tangible de cómo una estrategia industrial se puede conectar con hábitos reales y con capilaridad territorial.
Una cadena de valor que reduce emisiones y que refuerza competitividad, autonomía estratégica y cohesión territorial
La cadena descrita aporta valor en líneas muy concretas. Primero, descarbonización operativa. No en un horizonte lejano. Ya es una realidad aplicable sobre el parque existente y sobre sectores que no pueden electrificarse de forma inmediata.
Segundo, competitividad industrial. Porque reducir emisiones sin exigir cambios masivos de infraestructura o flota protege capacidad productiva y evita costes de transición.
Tercero, autonomía estratégica. Porque producir en España, en nuestros activos industriales, con innovación y empleo ‘Made in Spain’, reduce dependencia y refuerza resiliencia.
Y hay un cuarto elemento que, aunque no siempre se menciona, es igual de relevante. Con cohesión territorial. La transición energética puede ser una palanca real de desarrollo si conecta industria, entorno rural, empleo y nuevas cadenas de valor. En combustibles renovables, parte de esa materia prima y de esa actividad puede activar oportunidades en el territorio, en logística, en recogida, en pretratamiento y en servicios industriales asociados.
En definitiva, una realidad industrial que empieza en una decisión de compañía pasa por materia prima, innovación, inversión y transformación industrial, y termina en la capilaridad que permite que un cliente final pueda repostar con normalidad.
Cuando esa cadena de valor se construye en España, con industria y tecnología propias, ganamos todos. Porque el futuro no se improvisa. Se diseña, se prueba y se construye. Y se construye, sobre todo, con industria.