Competitividad industrial y reindustrialización

Una oportunidad para que Europa vuelva a producir lo que consume

La industria europea afronta hoy uno de los retos más exigentes de las últimas décadas: adaptar sus procesos hacia un modelo de menores emisiones y, al mismo tiempo, mantener su competitividad frente a otros mercados globales. Este proceso de transformación es vital para el futuro económico del continente, pero los indicadores operativos evidencian tensiones estructurales que requieren atención. 

Según el informe European Chemical Closures & Investments Radar 2022-2025 del Consejo Europeo de la Industria Química (Cefic), los cierres de plantas de la industria química en Europa provocaron una pérdida acumulada de 37 millones de toneladas de capacidad productiva entre 2022 y 2025, lo que representa cerca del 9% del total europeo  

Hablamos de instalaciones que fabricaban productos que la sociedad consume a diario, pero que ahora importamos desde otros continentes. El ritmo anual de cierres de capacidad química se ha multiplicado por seis desde 2022. Detrás de estas cifras surge una pregunta ineludible. ¿Hasta qué punto esta situación responde a la transición energética y cuánto tiene que ver con otros factores que afectan a la competitividad europea? 

Reindustrialización: qué es y por qué es una prioridad en España

La reindustrialización es el proceso mediante el cual un país o una región recupera peso industrial en su economía a través de nuevas inversiones productivas, la modernización del tejido existente y el desarrollo de sectores estratégicos. No consiste únicamente en abrir o reabrir fábricas, sino en preservar capacidades industriales, reforzar cadenas de valor propias, atraer nuevas inversiones tecnológicas y crear las condiciones para competir en la economía del futuro. 

En España, el peso de la industria en la economía se encuentra por debajo del nivel medio europeo, lo que refleja el margen que existe para reforzar su papel como motor de competitividad y crecimiento. La reindustrialización se sitúa así en el centro del debate de política económica: un país con base industrial débil depende más de las importaciones, es más vulnerable a las crisis de suministro y tiene menos capacidad para generar empleo cualificado y estable. 

¿Qué significa reindustrializar Europa?

Reindustrializar Europa no significa únicamente mantener o recuperar fábricas, sino preservar capacidades industriales estratégicas, atraer nuevas inversiones, desarrollar tecnología y reforzar las cadenas de valor necesarias para competir en la economía del futuro. 

También implica reforzar cadenas de valor propias, reducir dependencias exteriores en ámbitos críticos y crear las condiciones para que la transición energética se traduzca en actividad industrial, innovación y competitividad. En ese sentido, la reindustrialización debe entenderse como una apuesta de largo plazo por una política industrial capaz de acompañar el despliegue productivo, tecnológico y competitivo que Europa necesita. 

Qué se entiende hoy por competitividad industrial

La competitividad moderna no se basa en una carrera para ofrecer salarios bajos o acumular superávits comerciales. La competitividad es, ante todo, una cuestión de productividad, capacidades industriales, acceso a conocimiento técnico, innovación continua y seguridad estratégica. 

Europa parte de una posición de fortaleza, gracias a la dimensión de su mercado, su tejido empresarial, sus capacidades industriales y su conocimiento tecnológico. 

La brecha de PIB per cápita entre la Unión Europea y Estados Unidos se ha ampliado en las últimas décadas, en buena medida por el menor crecimiento de la productividad europea. Según el informe Draghi, alrededor del 70% de esta brecha con Estados Unidos se explica por este motivo. En España, el peso de la industria en la economía se encuentra por debajo del nivel medio europeo, lo que refleja el margen que existe para reforzar su papel como motor de competitividad y crecimiento. Pero comprender qué significa ser competitivos no basta: también es necesario analizar qué factores están condicionando la capacidad de nuestra industria para crecer, invertir y generar valor. 

El coste energético: uno de los principales retos de la competitividad en la industria

El coste de la energía condiciona de forma directa la capacidad de Europa para competir. Históricamente han existido diferencias, pero en la actualidad los precios del gas para la industria europea se mantienen estructuralmente por encima de los de Estados Unidos y han llegado a ser aproximadamente cinco veces superiores desde 2022. En paralelo, la electricidad industrial también es significativamente más cara en Europa: en 2024, los precios para las industrias electrointensivas fueron aproximadamente el doble que en Estados Unidos y superiores a los de China. 

Los sectores electrointensivos son aquellos cuya actividad depende de un consumo muy elevado y continuo de electricidad para operar, como la producción de aluminio, acero, cemento, vidrio, papel o productos químicos básicos. 

En la actualidad, los precios del gas en la Unión Europea son entre tres y cinco veces superiores a los de Estados Unidos, lo que condiciona de forma directa nuestra capacidad productiva

No todos los sectores industriales se ven afectados de la misma manera por esta diferencia. El impacto es especialmente relevante en las industrias intensivas en energía, aquellas en las que la electricidad, el gas o el calor industrial son imprescindibles para transformar materias primas y mantener procesos productivos de forma continua. En estos casos, la energía no es un coste más, sino un factor estructural de competitividad. Por eso, sectores como la química, el acero, el cemento, el vidrio o el papel son especialmente sensibles a cualquier aumento de precios o incertidumbre en el suministro. 

De este modo, los elevados costes energéticos se han convertido en uno de los principales obstáculos para la inversión de las empresas europeas, especialmente en los sectores con mayor intensidad energética. Las industrias de este tipo, como la química, la de metales básicos, la de minerales y la de papel, representan el 16% del valor añadido manufacturero europeo, pero han sufrido una caída de su producción de entre el 10% y el 15% desde 2021. 

Aunque el gas tiene un peso reducido en la generación eléctrica europea, su coste influye mucho en el precio final de la electricidad porque suele marcar el precio del mercado. Todo esto ha provocado que la factura de importación de combustibles fósiles de la Unión Europea se haya disparado, pasando de 341.000 millones de euros en 2019 a 416.000 millones en 2023, lo que equivale al 2,7% del PIB del continente. En el caso de España, informes recientes indican que el coste energético industrial es 2,5 veces mayor que el de China y Estados Unidos.

El reto de la transición energética: reducir emisiones sin perder competitividad industrial

La Unión Europea cuenta con uno de los marcos climáticos más ambiciosos del mundo, con el objetivo de reducir sus emisiones netas al menos un 55% en 2030 respecto a 1990. En contraste directo, Estados Unidos ha establecido un objetivo no vinculante del 50-52% respecto a 2005, mientras que China aspira únicamente a alcanzar su pico de emisiones antes de que acabe la década. Esta asimetría regulatoria genera costes operativos muy dispares. 

Transformar los procesos para reducir la intensidad de carbono en las cuatro principales industrias europeas costará unos 500.000 millones de euros durante los próximos quince años. Hoy en día, estas inversiones carecen de una viabilidad comercial autónoma frente a la competencia internacional. 

Observamos con preocupación cómo Europa avanza en su demanda tecnológica mientras cede terreno industrial. La Unión Europea es el segundo mercado mundial en despliegue de tecnología solar y eólica, pero nuestra cuota global en la fabricación de turbinas eólicas cayó del 58% en 2017 al 30% en 2022. En tecnología solar fotovoltaica, la producción se encuentra dominada mayoritariamente por China. Durante 2023, Europa importó tecnologías de reducción de emisiones desde China por valor de 43.000 millones de euros, de los cuales más de 17.000 millones correspondieron exclusivamente a la compra de baterías. 

La asimetría en los programas de incentivos públicos resulta evidente. China ha financiado estas tecnologías con un volumen en relación con su PIB que duplica los esfuerzos de la Unión Europea. En paralelo, normativas como la Ley de Reducción de la Inflación (IRA) de Estados Unidos ofrecen entre 37.000 y 250.000 millones de euros en incentivos directos a la fabricación industrial. Frente a esto, la Unión Europea estima un máximo de 8.000 millones de euros para apoyar su fabricación industrial en el periodo 2021-2027. 

El resultado de esta dinámica en sectores esenciales es claro: se ha multiplicado por seis el ritmo de cierres en la industria química desde 2022, perdiendo 37 millones de toneladas de capacidad. Esto supone la desaparición de unos 20.000 empleos directos y pone en riesgo 89.000 puestos indirectos. 

La posición de la Alianza por la Competitividad de la Industria Española

La Alianza por la Competitividad de la Industria Española, que agrupa a los principales sectores industriales del país (química, alimentación, cemento, siderurgia, papel, áridos y otros) y representa cerca del 60% de la producción industrial nacional, ha situado la reducción del coste eléctrico como una de las palancas más urgentes para reactivar la competitividad de la industria.

Sin precios eléctricos competitivos no hay reindustrialización posible. Esta es la posición compartida por la Alianza por la Competitividad de la Industria Española y por buena parte del tejido industrial del país

En mayo de 2026, la Alianza presentó ante la CEOE el informe “Plan de Energía Eléctrica Asequible para la Industria Española”, elaborado por EY Consulting, que propone cinco medidas estructurales para reducir el precio final que asume la industria entre un 10% y un 30%. El diagnóstico de partida es concreto: las tarifas industriales, excluyendo impuestos, han aumentado entre un 35% y un 60% desde 2019, lo que sitúa a España en desventaja frente a otros socios europeos como Francia o Alemania. 

La convergencia entre el diagnóstico sectorial y el debate europeo es evidente: reducir el coste energético estructural para la industria es condición necesaria —aunque no suficiente— para que la reindustrialización se materialice. 

Reindustrialización como oportunidad: el papel de los combustibles renovables

Informes recientes, como el elaborado por Mario Draghi, indican explícitamente que la reducción de emisiones constituye también una oportunidad de crecimiento económico para la industria europea, pero solo si se acompaña de condiciones competitivas. Europa cuenta con capacidades tecnológicas y de innovación relevantes en tecnologías vinculadas a la transición energética que pueden convertirse en una ventaja industrial. 

El desarrollo de combustibles renovables puede generar actividad económica y empleo a lo largo de toda su cadena de valor, desde la obtención de materias primas hasta su producción y distribución

Los combustibles líquidos y gaseosos siguen representando una parte muy relevante del consumo energético final mundial y mantendrán un papel importante en las próximas décadas, especialmente en aquellos usos más difíciles de electrificar.

Las principales agencias internacionales del sector energético prevén que los combustibles líquidos y gaseosos seguirán teniendo un papel relevante en 2050, aunque su peso dependerá de la evolución tecnológica y de las políticas energéticas. 

España reúne condiciones técnicas e industriales idóneas para liderar este cambio de modelo. Contamos con disponibilidad de energía renovable, un tejido industrial diverso y una capacidad de refino que destaca entre las más eficientes y modernas de Europa. Una apuesta que fortalece nuestra autonomía: los combustibles renovables generan entre 10 y 30 empleos por cada millón de dólares invertido, frente a los 5 - 10 empleos de las alternativas fósiles convencionales. Gran parte de este tejido laboral se consolida, además, en zonas rurales a través de las cadenas de suministro de materias primas.

Tres condiciones para reindustrializar Europa

Para que esta oportunidad industrial se materialice, consideramos imprescindible establecer un marco claro y operativo en Europa. 

  • Reducir el coste de la energía para la industria. No basta con instalar más capacidad de generación: Europa necesita rediseñar sus mecanismos de mercado para trasladar la eficiencia al consumidor final, acelerando contratos a largo plazo de electricidad y los contratos por diferencia. Asimismo, la inversión en redes de transporte resulta crítica. El despliegue de nueva generación eléctrica deberá ir acompañado de inversiones significativas en redes para integrar esa capacidad y llevar la energía hasta los consumidores. 
  • Neutralidad tecnológica real. Apostamos por un enfoque donde todas las opciones sumen. La electrificación no puede cubrir a corto plazo sectores complejos como la aviación, el transporte marítimo, los camiones de gran tonelaje o los procesos industriales de alta temperatura. Los combustibles renovables pueden complementar a la electrificación y a otras tecnologías en aquellos usos donde existen mayores dificultades técnicas o económicas para electrificar. La regulación europea debería evaluar las emisiones de las distintas opciones energéticas teniendo en cuenta todo su ciclo de vida, además de las emisiones durante su uso. Asimismo, aplicar un régimen fiscal diferenciado para los combustibles renovables facilitaría las inversiones y aceleraría su implantación comercial. 
  • Política industrial coordinada a escala europea. La actual fragmentación entre Estados miembros lastra la competitividad. Como ejemplo, basta mencionar la brecha de precios energéticos dentro de la propia Unión Europea, que se duplicó en 2022 y aumentó un 15% en 2023. Los largos plazos de tramitación para nuevas infraestructuras energéticas pueden dificultar el ritmo de inversión que requiere la transformación industrial. La transformación de la economía europea exigirá movilizar un volumen muy significativo de inversión pública y privada. 

Los proyectos de Repsol para la competitividad industrial en España

Repsol está demostrando con inversiones concretas que este despliegue operativo es posible. Los proyectos activos en distintos complejos industriales del país reflejan cómo la inversión industrial y la transición energética pueden avanzar de forma coordinada:

ProyectoInversiónCapacidadCO2 evitados/año
Cartagena +250 M€ 250.000 t/año combustibles 100% renovables 900.000 t 
Puertollano+130 M€ 200.000 t/año combustibles renovables 700.000 t 
Tarragona (Ecoplanta) -Planta pionera de gasolina 100% renovable -
Bilbao y Cartagena-Electrolizadores de hidrógeno renovable -

Desde nuestra compañía ya estamos demostrando que este despliegue operativo es posible. En el complejo de Cartagena hemos invertido más de 250 millones de euros en una planta que tiene capacidad para producir 250.000 toneladas anuales de combustibles de origen 100% renovable, evitando hasta 900.000 toneladas de CO2 al año. Un esfuerzo productivo que hemos replicado en Puertollano, donde hemos invertido más de 130 millones de euros en la reconversión de una planta que puede producir hasta 200.000 toneladas anuales de combustibles renovables y evitar alrededor de 700.000 toneladas de CO2 al año. Además, impulsamos infraestructuras inéditas como la Ecoplanta en Tarragona, en cuyo complejo industrial también contamos con la pionera planta de producción de gasolina de origen 100% renovable, y los nuevos electrolizadores de hidrógeno renovable en Bilbao y Cartagena. Estos proyectos muestran cómo la inversión y la innovación pueden traducirse en nueva capacidad industrial y en soluciones que contribuyen a mejorar la eficiencia.

Visión estratégica: transformar sin perder el impulso

La reducción de emisiones y la competitividad industrial no son objetivos contradictorios en sí mismos. Sin embargo, los datos demuestran que tampoco resultan automáticamente compatibles. Gestionar un proceso de transición productiva de esta escala sin una política industrial pragmática y coherente conlleva un alto precio: plantas operativas cerradas, pérdida estructural de empleo cualificado y nuevas dependencias exteriores inasumibles. 

Europa cuenta con capacidades industriales, tecnológicas y humanas que pueden convertirse en una ventaja competitiva en la nueva economía energética. La pregunta fundamental es si todas las partes implicadas poseen hoy la voluntad institucional necesaria para coordinarlos. 

Preguntas frecuentes sobre reindustrialización y competitividad industrial

La reindustrialización es el proceso mediante el cual un país o región recupera peso industrial en su economía a través de nuevas inversiones productivas, la modernización del tejido existente y el desarrollo de sectores estratégicos. Va más allá de reabrir fábricas: implica preservar capacidades industriales, reforzar cadenas de valor propias, atraer nuevas inversiones tecnológicas y reducir dependencias exteriores en ámbitos críticos.

Porque el peso de la industria en la economía española se encuentra por debajo del nivel medio europeo. Un país con base industrial débil depende más de las importaciones, es más vulnerable a las crisis de suministro y genera menos empleo cualificado y estable. Reforzar la industria es condición para competir en la economía del futuro y para que la transición energética se traduzca en actividad productiva propia, no en dependencia tecnológica de terceros. 

La competitividad industrial es la capacidad de una industria para producir bienes y servicios que puedan competir en el mercado global de forma sostenible. Depende de la productividad, del acceso a conocimiento técnico e innovación, del coste de los factores productivos (especialmente la energía en los sectores intensivos), de las capacidades industriales acumuladas y de la seguridad estratégica en el suministro de materias primas y tecnologías clave.

Porque en los sectores electrointensivos —química, acero, cemento, vidrio, papel, aluminio— la energía no es un coste más, sino un factor estructural del proceso productivo. Un precio eléctrico o de gas significativamente superior al de los competidores internacionales condiciona directamente la viabilidad de las inversiones y puede provocar cierres o deslocalizaciones. En 2024, los precios eléctricos para la industria europea electrointensiva fueron aproximadamente el doble que en Estados Unidos.

La Alianza por la Competitividad de la Industria Española es una entidad que agrupa a los principales sectores industriales del país (química, alimentación, cemento, siderurgia, papel, áridos y otros) y representa cerca del 60% de la producción industrial nacional. Su función es interlocutar con las administraciones públicas para defender medidas que refuercen la competitividad del tejido industrial español, con especial foco en el coste energético, la política industrial y la simplificación regulatoria.

Las principales líneas de mejora de la competitividad industrial incluyen: reducir el coste energético para los sectores intensivos mediante contratos a largo plazo (PPA, contratos por diferencia) y refuerzo de las redes de transporte; aplicar el principio de neutralidad tecnológica en la regulación europea, permitiendo que combustibles renovables, electrificación e hidrógeno renovable compitan en función de su ciclo de vida completo; y desplegar una política industrial coordinada a escala europea que evite la fragmentación regulatoria y movilice inversión pública y privada a la escala necesaria. 

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