Por Alejo Miranda
Crónica de una jornada histórica en la Copa Telmex
En 10 años de historia, la Copa Telmex tiene un prontuario abultado de jornadas memorables: el surgimiento de Acasuso venciendo a Squillari, Kuerten convirtiéndose en número 1 del ranking, el duelo Gaudio-Coria, la increíble final que perdió Calleri ante Massú, el gran triunfo de Mónaco sobre Moyá que finalizó pasada la 1 y los exabruptos de Maradona en el partido Nalbandian-Starace. A estas habrá que agregarle un capítulo más, el que se vivió el viernes 19 de febrero de 2010.
Amaneció soleado y de a poco se fue nublando, pero el calor, lejos de ceder, se fue transformando en una humedad densa y pegajosa. Para cuando comenzaba el encuentro entre Ferrero y Ventura, la temperatura había ascendido a su máxima del día, 35ºC, y la resolana iba perdiendo intensidad a medida que las nubes se recargaban. En el Buenos Aires Lawn Tennis Club rondaba una sola pregunta: ¿Hasta cuándo aguantará la tormenta?
Concretado el triunfo de Ferrero, la respuesta parecía acercarse. El cielo estaba plomizo y la gente comenzaba a intranquilizarse. Varios se ubicaron en el estadio central cuando Mónaco y Zeballos realizaban el calentamiento previo, aunque muchos, desconfiados, prefirieron quedarse en el patio de comidas o visitando los stands aún. Apenas pasadas las 16, unas gotas esporádicas comenzaron a caer. Así y todo, el partido comenzó. Las gotas se transformaron en una lluvia fina, que mojaba menos de lo que molestaba. Así durante diez minutos.
Hasta que, de un momento a otro, sin otro aviso que un trueno ensordecedor, la tormenta estalló. Sin esperar la orden del árbitro, los jugadores tomaron sus bolsos y corrieron hacia el vestuario. En segundos, el estadio se vació. Los truenos se hacía cada vez más intensos lluvia cada vez más espesa. A partir de allí, el caos se apoderó del Buenos Aires
Primero, la incertidumbre: confiar en que pare y aguardar la reanudación del match o salir rápido y evitar la inundación. Los que optaron por lo primero, la mayoría, se equivocaron. No es difícil imaginar a Martín Jaite, Cristian Miniussi y Carlos Sanches supervisor de la ATP deliberando sobre si suspender la jornada, postergarla, esperar…
Mientras tanto, en la sala de jugadores, Mónaco jugaba a la Play con Ferrer, Almagro conversaba con Ventura, compañero de dobles. “Estas interrupciones no ayudan a nadie. Uno entra a la cancha cargado de adrenalina y de parar de golpe puede tirarte para atrás. Es molesto, pero uno tiene que estar preparado mentalmente para entrar a la cancha cuando sea”, confió Zeballos.
Para cuando se anunció la suspensión definitiva, alrededor de las 18, los bosques de Palermo rebalsaban. Andar en auto era una odisea y caminar por la vereda no era posible sin sacrificar el calzado. Dentro del predio mismo, el agua comenzó a subir e hizo imposible trasladarse de un refugio a otro. Y la lluvia seguía cayendo con la misma intensidad.
El orden, ya convulsionado, se alteró aún más. En las adyacencias, un árbol cayó sobre tres autos. No fueron pocos los que comenzaron a protestar, algunos porque exigían que se les reconociera la entrada para el día siguiente, otros culpaban a la organización por no tener prevista una situación así.
Tres horas duró el diluvio. La lluvia continuó hasta la noche, aunque en menor intensidad. De a poco, el predio se fue evacuando. Quedaron algunos trabajadores: en una sala de prensa sin luz (por precaución, se apagó el grupo electrógeno) está el periodista de La Nación escribiendo desde una redacción improvisada; junto a un teléfono, el de Radio Continental espera su turno para salir al aire en la penumbra. El resto, esperando que el viento barra esas nubes cargadas de plomo para que el sábado vuelva a brillar el naranja del sol reflejado en el polvo de ladrillo.