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Con espíritu de equipo

Por Alejo Miranda

Nalbandian fue decisivo en la victoria ante Suecia, pero ésta no hubiera sido posible sin el grupo que se forjó. Allí está la clave para ganar, de una vez por todas, la ansiada Copa Davis

La derrota en Mar del Plata en 2008 fue un duro golpe para el tenis argentino, pero sirvió para remover muchos vicios que se habían enquistado y que los éxitos deportivos no dejaban traslucir. La reciente victoria ante Suecia es una muestra de que muchas cosas han cambiado desde aquella final perdida y que hoy, como pocas veces en la historia, se forjó un grupo enfocado en ganar la Copa Davis que funciona como equipo.

La presencia a último de David Nalbandian fue decisiva en la victoria, eso es innegable. Tanto como la Argentina, con Tito Vázquez a la cabeza, pudo conformar un verdadero equipo. Nalbandian ganó el último single y el dobles, es decir, haciendo una reducción algo burda, 1,5 de los 3 puntos. Tan importantes como el single ganado por Leonardo Mayer y el aporte de Horacio Zeballos en el dobles.

No se trata de minimizar la contribución Nalbandian. Lo suyo fue heroico: llegó un día antes, casi no tuvo tiempo de entrenar con sus compañeros, jugó lesionado, guió con su experiencia al debutante Zeballos  y, arriesgando su físico y unos cuantos dólares, impuso su jerarquía para ganar el quinto punto.

Pero es menester resaltar también la contribución del resto de los integrantes que se complementaron como un verdadero equipo. Además, no es descabellado pensar que se podría haber ganado sin Nalbandian, el dobles por cómo sacó Mayer y el quinto punto por cómo había jugado Eduardo Schwank ante Soderling. Para destacar, también, la impecable estrategia del cuerpo técnico (léase Vázquez más Caio Rivera). Hasta Federico Delbonis, que se quedó al margen, sumó desde afuera.

Es cierto que es un deporte individual y que la calidad de los jugadores marca la diferencia, pero no es menos acertado que la Copa Davis es especial; hay muchos factores que en el circuito no tienen peso específico que pueden adquirir una consideración determinante. ¿Cómo explicar, si no, el fracaso constante de Suiza, aun con Roger Federer? Ejemplos sobran. En la Davis, la localía adquiere un peso específico inusual; el dobles se transforma en muchas ocasiones en desequilibrante; jugadores mediocres que se potencian cuando representan a su país; y, último pero no menos importante, la cohesión y armonía dentro del equipo.

Vilas y Clerc no se llevaban bien, pero dentro de la cancha dejaban a un lado sus diferencias y llevaron a la Argentina a la final de la Davis por primera vez, en 1981. Claro, estaban solos para lidiar con los norteamericanos John McEnroe, Roscoe Tanner y Peter Flemming y en carpeta. La revancha llegó en 2006, y esta vez el rival fue Rusia, pero también de visitante. Idéntico resultado.

En 2008, la Argentina tuvo la fortuna de jugar las cuatro series como local. Para la final, tuvo la fortuna de que España no contara con Rafael Nadal y Nalbandian y Del Potro llegaban en su mejor momento tenístico. Sin embargo, cuando se lesionó Del Potro durante el transcurso del segundo punto, salieron a relucir las flaquezas. No había respaldo, no había dobles: no había equipo.

A pesar de que estaban dadas todas las condiciones para ganar, se perdió. En Estocolmo no había nada que perder y ahora la Argentina está por octavo año consecutivo en los cuartos de final. La Argentina es, sin dudas, la mayor potencia en tenis que no haya ganado la Copa Davis.

Ahora espera Rusia, todo un clásico: en los últimos ocho años hubo cuatro cruces, con dos triunfos para cada uno, siempre para el local; y el match se jugará en Moscú. Con Nalbandian y Del Potro sanos, la hazaña es posible en cualquier cancha. Con un equipo atrás que los respalde, mucho más.

Foto: Arne Forsell - Prensa Copa Davis



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